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Mateo 5, 13-16 |
DOMINGO 5º TIEMPO ORDINARIO Comentario Bíblico de Fidel Aizpurúa, OFMCap |
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El programa de las bienaventuranzas, del reinado de Dios, ha de necesitar mediaciones históricas para ser llevado a cabo. El Evangelio lo tiene bien claro: esas mediaciones son los seguidores de Jesús. Por eso, y tal como lo dice explícitamente el v. 16, corresponde a los discípulos hacer creíble y posible el mensaje de Jesús que apunta y anhela una sociedad nueva. El judaísmo creía que la mediación de la ley era suficiente para llegar a Dios (la ley está como trasfondo en todo el sermón del monte). Mateo dice a sus comunidades que esa mediación ha quedado caduca y que solamente la comunidad cristiana que tenga una fe activada podrá ser mediación eficaz de vida para la historia humana. Generalmente comprendida la parábola de la sal como símbolo de incorruptibilidad, de fidelidad, quizá podría dársele otra perspectiva si se entiende que, de acuerdo con los modos sociales de la época, la “tierra” era la denominación popular del horno excavado en el suelo donde la gente pobre hacía su comida. En ese agujero se empleaban combustibles de baja potencia (estiércol, paja) que debían ser activados con otros elementos. La sal podía ser uno de ellos. En ese caso, ser sal que cumple su función es ser sal antes de ser quemada, con capacidad de ignición. El cristiano ha de ser en la sociedad elemento de ignición, de activamiento, de empuje para que los días del reino avancen rápidos (la lentitud se había instalado ya en las comunidades de la segunda y tercera generación cristianas, como lo muestra 1 Pe, Heb, etc. ). Desde la misma perspectiva podría comprenderse la parábola de la luz. Era frecuente que la luz se pusiera debajo del celemín para evitar humos molestos a los que estaban en la casa. El texto evangélico dice que esa no debe ser la práctica de los seguidores de Jesús que han de abrazar y exponer el programa del reinado de Dios incluso si resulta molesto a la sociedad imperante. De esa forma el seguidor se expone al rechazo, pero es la única manera de que el anhelo del reino no quede frustrado. Lo que ha de brillar (según el v. 16 ) no ha de ser tanto la “doctrina” del sermón del monte sino vuestra luz, el propio estilo de vida de los seguidores de Jesús. Es así como la vida del discípulo de Jesús es el verdadero Evangelio que se ofrece a la vida humana. Más que una teoría espiritual, el Evangelio es una manera concreta de encarnar la utopía de Jesús. El fruto de esta actitud del discípulo como mediador para hacer alumbrar el día del Reino ha de ser la glorificación del Padre del cielo. Es decir, el fruto de la fe será hacer percibir a la historia que el Evangelio le abre el camino más posibilitador, camino que se ha cruzado con el mismo camino de Dios. De esa forma, la gloria de Dios (su afán porque la persona viva) será una realidad que cada día copará más terreno hasta invadir el todo de la vida. |